El cuerpo también habla cuando las palabras no llegan. En los profesionales de la salud, acostumbrados a cuidar y sostener el sufrimiento de los demás, reconocer las señales del propio cuerpo puede ser el primer paso para recuperar el equilibrio emocional. La psicoterapia somática y los espacios de terapia de grupo nos ayudan a comprender cómo gestionamos el malestar y qué papel tienen los vínculos y la conexión con los demás en el proceso de regulación emocional.
El sufrimiento corporal: más allá de las palabras
Hay una escena que se repite a menudo en las terapias de grupo con profesionales de la salud. Después de un día especialmente difícil, de un acontecimiento crítico o de una situación que ha traspasado los propios límites, muchos profesionales sanitarios explican una necesidad casi idéntica, ya sean médicos, enfermeras, psicólogos, auxiliares. Personas habituadas a sostener el sufrimiento de los demás que a menudo funcionan desde el silencio cuando es su propio cuerpo quien les pide ayuda.
Cuando el organismo percibe que una situación nos desborda, su prioridad no es que entendamos qué nos está pasando. Su prioridad es protegernos. En estos momentos, pensar, poner palabras o analizar lo que sentimos deja de ser lo más importante. El cuerpo entra en un estado de supervivencia y reorganiza todas sus prioridades. En la consulta, esto se traduce en frases muy conocidas: “No me reconozco”, “No puedo parar de darle vueltas”, “No siento nada”, “Solo quiero desconectar unos días”. Más que síntomas aislados, solemos escucharlas como la expresión de un sistema que ha hecho todo lo posible para adaptarse a una situación que ha superado su capacidad de regulación.
Interpretar el cuerpo
La conceptualización desde la psicoterapia somática nos ayuda a comprender muchas de estas experiencias desde otro lugar. Cuando una persona entra en una situación de crisis, no es solo su manera de pensar la que cambia; también cambia la manera en que su cuerpo responde al entorno. La respiración se modifica, aumenta la tensión muscular, el campo de atención se estrecha y el organismo orienta todos sus recursos hacia la protección. Antes de que podamos explicar qué nos pasa, el cuerpo ya lo está expresando. Desde esta perspectiva, la regulación no es un proceso exclusivamente interno ni tampoco únicamente cognitivo. Nuestro cuerpo se regula constantemente en relación con el entorno y con las personas que nos rodean. Una voz calmada, una sensación de conexión con otra persona, una mirada que transmite seguridad o la sensación de no tener que afrontar solos una situación difícil pueden tener un efecto regulador mucho mayor del que pensamos. No porque resuelvan el problema, sino porque ofrecen al cuerpo las condiciones necesarias para empezar a salir del estado de defensa.
Cómo favorecer la regulación emocional en entornos grupales
Lo vemos en las terapias de grupo cuando las personas entran activadas. Las primeras intervenciones no suelen ser interpretaciones ni reestructuraciones cognitivas. Son cosas mucho más sencillas. Ayudarlo a notar el contacto de los pies con el suelo. Observar cómo entra y sale el aire. Dar tiempo para que la mirada recorra el espacio. Hablar más despacio. Crear las condiciones para que el cuerpo pueda empezar a salir, gradualmente, del estado de alarma. Poder ir escuchando las voces de las personas que conformamos el grupo, poder tener voz, sentir un interés genuino por lo que comparten, genera una sensación de calma que se va expandiendo a nivel corporal.
La terapia somática parte de una idea aparentemente sencilla, pero muy transformadora: el cuerpo es el lugar donde se expresa el sufrimiento pero también un recurso para recuperar el equilibrio. Acompañar a una persona para que vuelva a notar el apoyo de los pies en el suelo, la calidad de la respiración, la tensión de los hombros o el ritmo de sus movimientos no es una técnica accesoria. Es una manera de ayudar al organismo a recuperar la capacidad de sentirse lo bastante seguro para volver a pensar, decidir, relacionarse.
El equilibrio entre soledad y conexión
En las sesiones de grupo observamos confusión entre autonomía y evitación. Es cierto que, después de una experiencia intensa, retirarse un rato puede ser saludable. Hay momentos en los que necesitamos silencio, poca estimulación y una cierta distancia para que el cuerpo se reorganice. El problema aparece cuando esa retirada deja de ser temporal y se convierte en una manera habitual de relacionarnos con el malestar. Entonces empiezan frases como estas: “Ya se me pasará”, “No quiero preocupar a nadie”, “Prefiero hacerlo solo/a”.
Son expresiones que a menudo suenan a fortaleza, pero que, con el tiempo, pueden acabar generando una forma de aislamiento. El grupo hace un reflejo de los patrones de funcionamiento de cada miembro. La evitación no siempre es evidente, a veces adopta la apariencia de una gran autonomía. La persona sigue funcionando, trabaja, cumple, cuida a los demás. Pero cada vez necesita más esfuerzo para mantener ese equilibrio. Va reduciendo los espacios donde puede mostrarse vulnerable, deja de compartir lo que le pasa y acaba conviviendo con un nivel de activación que se normaliza porque hace demasiado tiempo que está ahí.
La ansiedad persistente, el insomnio, la irritabilidad, la fatiga que no desaparece con el descanso, el dolor sin una explicación médica clara o la sensación de ir siempre cansadas o irritables pueden ser diferentes formas de expresar que el organismo ha estado demasiado tiempo intentando regularse en solitario. Lo que inicialmente empezó como una estrategia protectora acaba convirtiéndose en un factor que mantiene el sufrimiento. Necesitamos momentos de soledad para integrar lo que hemos vivido, pero también necesitamos experiencias de conexión para que el cuerpo pueda salir de los estados de defensa.
El papel de los vínculos protectores en la regulación
Sin esta combinación, la retirada puede cronificarse y contribuir al desarrollo de problemas de ansiedad, depresión, agotamiento profesional o manifestaciones somáticas. Esto no significa que necesitemos estar permanentemente acompañados. La autorregulación es una capacidad fundamental y también es un objetivo terapéutico. Pero una autorregulación sana no consiste en no necesitar a nadie. Consiste en saber cuándo podemos sostenernos solos y cuándo lo más saludable es dejarnos sostener. La autonomía no es lo contrario de la dependencia; es la capacidad de movernos con flexibilidad entre la autorregulación y la corregulación.
Regularnos es también una experiencia compartida. Nos regulamos en la calidad de los vínculos, en la confianza que despiertan los equipos, en la posibilidad de sentirnos vistos sin tener que demostrar que podemos con todo. Eso hacemos, poco a poco, en las terapias grupales. Estar en conexión sentida con los demás nos hace sentir que podemos ser nosotras mismas, de manera auténtica.
Marcela Coromina Gimferrer, psicóloga
Carmen Buenaventura Osorio, psicóloga








