En psicoterapia, a menudo pensamos la relación terapéutica como espacio de confianza, escucha y comprensión exclusivamente psíquico. Sin embargo, desde enfoques como la psicoterapia sensorio-motriz y los modelos basados en el trauma, sabemos que su impacto va mucho más allá del plano psicológico: la relación terapéutica es una experiencia profundamente corporal, dado que podemos conceptualizar al ser humano como una mente incorporada integrada enactivamente en el contexto.
El cuerpo como sistema de protección en el vínculo
Muchas personas llegan a consulta con un cuerpo que ha aprendido a protegerse. Esto se manifiesta en posturas rígidas, hombros elevados, mandíbulas tensas, respiración superficial, sensación de alerta constante o contracción interna. El sistema nervioso ha aprendido, de forma implícita, que el vínculo puede ser peligroso y el cuerpo se organiza en consecuencia.
Como terapeutas, percibimos ese estado con nuestro propio cuerpo. Observamos la posición corporal, el tono muscular, los micro movimientos, la calidad de la respiración. Notemos la tensión, la hipervigilancia, la contracción o, en otros casos, el colapso y la desconexión. Esta lectura somática no es interpretativa; es una escucha fina de lo que el cuerpo del otro está comunicando.
La relación terapéutica comienza a reparar cuando el paciente percibe, a nivel somático, señales consistentes de seguridad: un tono de voz calmado, un ritmo pausado, una mirada presente, una postura estable, una disponibilidad emocional que no invade ni abandona. Estas señales son captadas por el sistema nervioso a través de la neurocepción, no del pensamiento consciente.
El papel de la corregulación en el proceso terapéutico
En este proceso, la corregulación es clave. El sistema nervioso del paciente se apoya inicialmente en el del terapeuta, que se mantiene presente y regulado frente a la activación emocional. No acelera, no presiona, no se retira. Sostiene.
Con el tiempo y la repetición, empezamos a observar cambios sutiles pero profundos: los cuerpos se desinflaman. Los hombros descienden, la respiración se profundiza, la musculatura se va relajando. Aparece una postura más flexible, menos defensiva. Paralelamente, se experimenta una distensión interna: más espacio, más contacto con uno mismo, mayor capacidad de sentir sin estar en alerta constante. Esta distensión corporal es un síntoma de mejora significativa, un síntoma de activación del sistema nervioso parasimpático, de la calma.
Este proceso se hace especialmente visible en las terapias de grupo. En un inicio, los cuerpos suelen llegar cerrados, tensos, hiper vigilantes, observando el entorno con precaución. El grupo es percibido como posible riesgo. Pero a medida que se construye un clima de confianza mutua, curiosidad, respeto y seguridad, el sistema nervioso comienza a reorganizarse.
Ventana de tolerancia y presencia corporal
A través del vínculo con los demás, de la mentalización, de sentirse visto y respetado, las personas van progresivamente ampliando su ventana de tolerancia. Se puede sostener más emoción sin desbordarse, más cercanía sin retraerse, más autenticidad sin miedo. Esto también se refleja en el cuerpo: posturas más abiertas, respiraciones más libres, menos contracción y mayor presencia.
En la psicoterapia que contempla la dimensión psicosomática, tanto en terapia individual como grupal, el cuerpo del terapeuta y el campo relacional son herramientas clínicas fundamentales. La presencia física, el ritmo, la pausa y la capacidad de sostener la experiencia emocional ofrecen un modelo interno de seguridad que, con el tiempo, se internacionaliza.
Así, la relación terapéutica no sólo acompaña al cambio, lo hace posible a través del cuerpo. Cuando el cuerpo aprende que el vínculo puede ser seguro, la emoción se regula, la mente se ordena y la capacidad de vivir en relación se expande. Se vive con más conexión interna y externa y, por tanto, con más serenidad.
Marcela Coromina, psicóloga








