El trastorno por uso de sustancias (TUS) constituye una de las expresiones más complejas del sufrimiento humano contemporáneo. No se trata únicamente del consumo persistente y problemático de una sustancia —legal o ilegal— pese a sus consecuencias negativas, sino de una relación alterada con el propio cuerpo, con las emociones y con el entorno. Al igual que en otros trastornos mentales, debe ser entendido desde una perspectiva integral, que reconozca la interacción constante entre los factores biológicos, psicológicos, sociales y existenciales que configuran la experiencia humana.
La personalidad puede definirse como el conjunto de patrones estables de pensamiento, emoción y conducta a través de los cuales una persona se relaciona con el mundo. Cabe tener en cuenta que la personalidad puede entenderse como la singular manifestación del temperamento (constitución psicobiológica primordial) y el carácter (resultado de la interacción de esa predisposición con el contexto, a lo largo de la biografía de cada uno, e inserta en una cultura determinada).
Más allá de los efectos neurobiológicos de las sustancias, existen determinados rasgos de personalidad que pueden predisponer, mantener o agravar la relación adictiva. Intentar comprender la conexión entre adicción y personalidad no implica reducir la adicción a la personalidad, sino reconocer que el modo en que una persona se vincula con el placer, el dolor, la frustración o la búsqueda de sentido se encuentra profundamente mediado por sus rasgos de carácter y su historia vital. De acuerdo con este planteamiento, ciertos rasgos pueden actuar como factores de vulnerabilidad frente al consumo de sustancias, mientras que otros pueden funcionar como elementos protectores.
Entre los rasgos más frecuentemente asociados al trastorno por uso de sustancias encontramos la impulsividad y la búsqueda de sensaciones, entendidas como la tendencia a actuar sin suficiente reflexión y el deseo imperioso de experimentar emociones intensas o novedosas. Estas características suelen relacionarse con un inicio temprano en el consumo y con patrones de uso de alto riesgo. Asimismo, el neuroticismo o inestabilidad emocional, caracterizado por una alta reactividad afectiva, ansiedad y dificultad para regular los estados internos, puede favorecer el consumo como estrategia de alivio ante el malestar.
Por otro lado, la baja responsabilidad o autodisciplina, la hostilidad, la baja empatía o la baja autoestima conforman un perfil de vulnerabilidad en el que el consumo puede operar como intento de sostén emocional o de compensación ante sentimientos de vacío o devaluación personal. En estos casos, el uso de sustancias puede representar tanto un refugio como una forma fallida de auto-calma o pertenencia.
Conviene subrayar que los rasgos de personalidad no determinan por sí mismos la aparición de un TUS. Lo que sí determinan, en cambio, es la manera en que la persona responde al estrés, a la presión social o a la disponibilidad de sustancias. Así, quien presenta impulsividad tenderá a minimizar riesgos inmediatos; quien experimenta ansiedad crónica puede recurrir al alcohol o a los ansiolíticos para mitigarla, y quien posee una autoestima frágil puede encontrar en el grupo consumidor un espacio ilusorio de aceptación.
El proceso adictivo, a su vez, retroalimenta estos rasgos, intensificando la impulsividad, la irritabilidad o la desesperanza. De este modo, la adicción y la personalidad entran en un circuito recíproco de influencia, en el que los patrones de respuesta del sujeto se rigidifican y se vuelven cada vez más automáticos, dificultando la recuperación sin una intervención terapéutica profunda.
Implicaciones clínicas y abordaje terapéutico
En la práctica clínica, conocer los rasgos predominantes de personalidad no solo permite comprender mejor el sufrimiento del paciente, sino también anticipar las dificultades terapéuticas y seleccionar estrategias más efectivas para cesar el consumo teniendo en cuenta la singularidad de cada persona. Por ejemplo, en sujetos impulsivos será prioritario trabajar la tolerancia al malestar y la planificación; en aquellos con alta ansiedad, la reestructuración cognitiva y la regulación emocional, y en personas con autoestima baja o dependencia emocional, el fortalecimiento del auto concepto y de los vínculos sanos.
El tratamiento, desde una mirada integral, debe incluir una primera fase de desintoxicación para luego desembocar en la deshabituación, que es un proceso complejo donde confluyen lo psicobiológico y el contexto. Se trata de intentar modificar la relación que el sujeto establece con la sustancia o conducta adictiva. En este sentido, las terapias individuales, centradas en estos aspectos, han mostrado eficacia, especialmente cuando se combinan con intervenciones grupales y pautas familiares que restauran la red de apoyo y la función vincular del individuo.
Más allá de lograr la abstinencia, es crucial tratar de reconstruir la relación con uno mismo. El objetivo terapéutico no se limita a conseguir la abstinencia, sino a favorecer una transformación más profunda en la manera en que el sujeto se relaciona consigo mismo y con los demás. Recuperar la capacidad de autorregulación emocional, fortalecer la identidad personal y reconstruir un sentido vital coherente son metas fundamentales en este proceso.
El trastorno por uso de sustancias, en última instancia, puede ser entendido como un intento fallido de aliviar el dolor o llenar un vacío existencial. Desde esta perspectiva, el trabajo terapéutico pretende no solo a suprimir una conducta, sino reintegrar la experiencia subjetiva fragmentada, restaurando el vínculo entre cuerpo, mente y entorno. Solo así es posible que la persona recupere un modo de “estar-en-el-mundo” más libre, consciente y pleno.
Patricia Pou, psicóloga








