Cuando la víctima pone gran parte de su energía vital en el trabajo, como es el caso de los profesionales de la salud, la pérdida de confianza en la propia valía acaba permeant todo su ser. La tarea de reconstrucción personal es ardua. No es frecuente que la víctima se atreva a denunciar; es la excepción más que no la norma.
“Aquí la envidia y mentirà me tuvieron encerrado”
(Fray Luis de León)
La corrupción más allá de la “política profesional”
Todos sufrimos a diario el bombardeo constante de noticias que propician el convencimiento de vivir en un estado irreversible de corrupción e incompetencia en la gestión de lo público, en especial en lo concerniente a la denominada “política profesional”. Tertulianos y voceros de toda índole no sólo anuncian los estragos que esta plaga provoca, sino que suelen atribuirlo exclusivamente al bando contrario, dejando libres de toda sospecha a los del propio.
Aunque es moneda corriente hablar de la corrupción política, existe un fenómeno que apenas aparece en los medios pese a no ser diferente, en último término, de los que monopolizan los titulares. Esta reflexión pretende ser un nuevo “yo acuso”-como en su momento hiciera Émile Zola a raíz del caso Dreyfus- que ponga al descubierto algunas conductas que denotan la presencia de una carcoma que corroe, silenciosamente, muchas de las instituciones sostenidas con el erario público. En concreto, nos referimos al acoso laboral -“mobbing”, en inglés- que puede darse en el seno de la sanidad, la universidad y la investigación. Precisamente, la evidencia científica disponible señala que son los ámbitos laborales donde es más prevalente.
Se trata de “levantar la manta”, expresión atinada para describir la acción de desenmascarar un modus operandi opaco, silenciado durante mucho tiempo, que, cuanto más se mantiene, más se agrava. Hablar de ello no implica arrogarse una posición de superioridad moral ni creer que estas conductas dejarán de producirse; la historia lo desmiente continuamente, con ejemplos que cubren un amplio abanico de manifestaciones de violencia implícita o explícita. Lo que se pretende, siguiendo la recomendación de Spinoza en su “Ética”, es “no burlarse, no lamentarse, no detestar, sino comprender”. Y comprender para actuar, en lo posible. Porque no da igual, como veremos a continuación.
El hostigamiento laboral en los profesionales de la salud: delimitando conceptos
Trabajar a diario durante casi dos décadas como psiquiatra con profesionales de la salud con trastornos mentales, me ha permitido ser testigo de excepción de las consecuencias de este tipo concreto de hostigamiento. Se trata de un delito que, para ser castigado, necesita ser probado. Nosotros, los clínicos, acompañamos a las víctimas de ese tipo de agresión intentando ayudarles a recuperarse de las secuelas de lo que han vivido. El “mobbing” más frecuente es el vertical descendente(de superior jerárquico a subordinado), pero puede ser vertical ascendente (del subordinado/s hacia quien ostenta el poder) o bien puede darse entre iguales (horizontal).
En el argot coloquial, se usa la palabra “mobbing” con cierta ligereza para hablar de conflictos con figuras de autoridad en el entorno laboral. No es infrecuente que quien haya sido apercibido por fallos en su competencia profesional o por el incumplimiento de una o más funciones -con datos objetivos y sin faltarle al respeto-, se defienda con ese término para eludir sus responsabilidades. Es fundamental evitar el uso frívolo -cuando no avieso- de ese término.
Al hablar de hostigamiento o acoso laboral nos referimos a un tipo de maltrato sistemático y continuado al que se somete a una persona en el trabajo, con el objeto de desestabilizarla emocionalmente, orillarla profesionalmente, cuestionar su valía y mermar su capacidad de defensa. Es una víctima colateral – por usar términos bélicos- de entornos en los que se han instalado dinámicas de corrupción y de abuso de poder.
Relaciones y jerarquías en los grupos humanos
Siempre que hay una relación de desigualdad, más aún si se acompaña de un desequilibrio de fuerzas, se pondrá de manifiesto el poder, en cualquiera de sus variadas formas. Así lo explica Hegel en su metáfora del amo y el esclavo, representada como una vertical donde el primero ejerce dominio sobre el segundo. Precisamente, la clasificación de los tipos de acoso laboral se inspira en esta metáfora.
Lo habitual es que las interacciones humanas no sean completamente horizontales, de igual a igual. Son verticales las relaciones entre padres e hijos, profesores y alumnos, jefes y subordinados. El poder permite que el otro me obedezca y cuanto mayor sea, más personas se acaban plegando a mis designios al tiempo que crece mi sensación de omnipotencia y omnisciencia. Los subordinados se suelen rebelar contra quienes mandan, pero también quien gobierna está sujeto -aunque pretenda ignorarlo- a quienes le deben obediencia y también a los que estén por encima de él. Se trata, por tanto, de relaciones esencialmente conflictuales, lo que no implica saltarse los derechos y deberes fundamentales de las partes.
De hecho, que haya interacciones verticales no da carta blanca a quien ostenta el poder. Una cosa es reconocer el distinto peso de las funciones y responsabilidades de cada persona en el seno de grupos humanos y, otra, arrogarse unas prerrogativas sin límite sobre la tarea y sobre los demás. Sabemos que es inherente al poder humano su tendencia a la desmesura, que se acentúa cuanto más tiempo se ostenta y cuando el ámbito de actuación se amplía. Como bien señaló Lord Acton: “el poder absoluto corrompe absolutamente”.
Es por esa inercia consustancial al poder que se ideó el equilibrio de poderes o los denominados, más ampliamente, contrapesos (“checks and balances”, en inglés). Su cometido es limitar la tendencia a ejercerlo sin control o arbitrariamente. Los sistemas de oposición justos y transparentes en el ámbito público, los canales internos de comunicación, las auditorías independientes y las evaluaciones de riesgos psicosociales en los equipos son una forma de hacerlo factible.
Dra. María Dolores Braquehais, psiquiatra y directora Asistencial de la Clínica Galatea. Artículo publicado al Diari de la Sanitat
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