En una sociedad que parece exigirnos estar bien siempre, aceptar el malestar puede resultar difícil. Sin embargo, la salud emocional no consiste en evitar las emociones incómodas, sino en aprender a relacionarnos con ellas de forma flexible. En este artículo exploramos por qué la flexibilidad psicológica es clave frente a la positividad tóxica.
En la novela Dune, de Frank Herbert, las sabias Bene Gesserit recitan una conocida oración cuando sienten miedo:
«No debo temer. El miedo mata la mente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mí y a través de mí. Y cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para ver su camino. Donde el miedo haya pasado ya no habrá nada. Solo estaré yo.»
Aunque se trata de una obra de ciencia ficción, esta reflexión encierra una profunda intuición psicológica. Este canto no propone eliminar el miedo, combatirlo o negarlo. Tampoco invita a sustituirlo por pensamientos positivos. Al contrario: propone experimentarlo plenamente, permitir que aparezca, que atraviese la experiencia y siga su curso natural.
Resulta llamativo porque va en contra de una tendencia muy extendida en nuestra cultura. Cuando aparece una emoción desagradable solemos intentar librarnos de ella. Nos distraemos, racionalizamos, nos anestesiamos con trabajo, entretenimiento o consumo. Buscamos cualquier estrategia que nos permita no sentir aquello que sentimos.
Sin embargo, muchas veces, al intentar escapar de una experiencia interna acabamos por cronificarla.
Cuando evitar sentir se convierte en el problema
La psicología contemporánea utiliza el término «evitación experiencial» para describir la tendencia a evitar, controlar o suprimir pensamientos, emociones y experiencias desagradables.
A primera vista parece una estrategia razonable. Si algo molesta, lo lógico es intentar eliminarlo. El problema es que las experiencias internas no funcionan igual que los problemas externos. Cuanto más luchamos contra ciertas emociones, más espacio ocupan en nuestra vida. Intentar no sentir ansiedad suele generar más ansiedad. Intentar no pensar en algo suele aumentar su presencia mental. Intentar eliminar la tristeza puede añadir frustración y culpa a la propia tristeza.
La paradoja es que el esfuerzo por no sentir termina convirtiéndose en una fuente adicional de sufrimiento.
La psicoterapia actual apunta precisamente en la dirección opuesta. No propone rendirse al miedo ni dejarse arrastrar por él. Propone observarlo, permitirlo y dejar que siga su curso.
Estar bien no significa sentirse bien
Quizá una de las confusiones más extendidas en nuestra época consiste en equiparar bienestar con emociones agradables. Preguntamos a alguien si está bien y, con frecuencia, interpretamos la respuesta en términos de felicidad, entusiasmo o ausencia de malestar.
Pero estar bien y sentirse bien no son exactamente lo mismo.
Si una persona vive permanentemente dominada por el miedo, probablemente hablaríamos de ansiedad. Si permanece constantemente atrapada en la tristeza, pensaríamos inicialmente en una depresión. Del mismo modo, una alegría permanente, intensa e incontrolada tampoco representa un estado saludable; en determinados contextos podría incluso indicar un episodio maníaco.
Las emociones tienen una función adaptativa precisamente porque aparecen, transmiten información y desaparecen. Su utilidad depende de su flexibilidad, no de su permanencia.
Por eso quizá convenga replantear qué entendemos por bienestar. Estar bien no significa sentirse alegre todo el tiempo. Significa sentir bien.
Sentir bien implica reconocer nuestras emociones, identificarlas con claridad, comprender la información que contienen, sostenerlas sin quedar atrapados por ellas para, después, actuar de manera coherente con nuestros valores y objetivos.
Una persona puede experimentar miedo y seguir actuando con valentía. Puede sentir tristeza y continuar cuidando de aquello que considera importante. Puede experimentar incertidumbre sin paralizar completamente su vida.
El bienestar psicológico no consiste en la ausencia de emociones difíciles, sino en la capacidad de relacionarnos con ellas de manera flexible. Las emociones, no son obstáculos que deban ser erradicados. Son procesos que necesitan ser transitados.
La trampa de la positividad tóxica
En los últimos años se ha popularizado una visión del bienestar centrada casi exclusivamente en las emociones positivas.
Mensajes como «piensa en positivo», «todo pasa por algo», «si quieres puedes» o «aléjate de las emociones negativas» aparecen constantemente en redes sociales, libros de autoayuda y discursos motivacionales.
Aunque suelen estar bien intencionados, a menudo transmiten una idea problemática: que ciertas emociones son aceptables y otras no.
Cuando esto ocurre, el sufrimiento emocional se convierte además en un motivo de vergüenza. No solo nos sentimos tristes, ansiosos o enfadados; también sentimos que no deberíamos estar así.
La positividad tóxica no elimina las emociones difíciles. Simplemente las empuja fuera del espacio público y privado donde podrían ser reconocidas y procesadas.
Sin embargo, una vida emocional sana incluye toda la gama de experiencias humanas.
La tristeza nos ayuda a procesar pérdidas. El miedo nos alerta ante posibles amenazas. La culpa puede orientarnos hacia la reparación. La rabia puede señalar límites que han sido vulnerados…
Ninguna emoción es un error de diseño.
El problema no es sentirlas, sino quedar atrapados en ellas o intentar eliminarlas a cualquier precio.
Flexibilidad psicológica: una alternativa más realista
Desde la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), una de las corrientes contemporáneas derivadas del conductismo radical, se propone el concepto de flexibilidad psicológica como uno de los principales indicadores de salud mental.
La investigación muestra que niveles elevados de flexibilidad psicológica se asocian con menor sintomatología clínica y una mejor calidad de vida.
La flexibilidad psicológica implica desarrollar la capacidad de permanecer en contacto con la experiencia presente, incluso cuando resulta incómoda, y actuar de acuerdo con nuestros valores.
Quizá por eso el canto de las Bene Gesserit sigue resultando tan actual.
No nos invita a ser invulnerables. No promete eliminar el miedo, la tristeza o la incertidumbre. Tampoco propone sustituir cualquier emoción desagradable por optimismo obligatorio.
Nos recuerda algo mucho más útil: que las emociones pueden atravesarnos sin definirnos.
Que podemos sentir sin quedar atrapados.
Y que, cuando dejamos de luchar constantemente contra nuestra experiencia interna, aparece una forma más profunda de bienestar: la capacidad de vivir con apertura, presencia y compromiso hacia aquello que realmente consideramos valioso.
Antonio Gata Pérez, psicólogo.








