Qué es el trauma psicológico
El trauma es una experiencia que desborda nuestra capacidad de afrontamiento y deja una impronta en el sistema nervioso. No se define sólo por lo que ha pasado, sino por lo que sucede dentro de la persona como resultado de ese evento.
Podemos hablar de trauma cuando una vivencia nos supera, cuando lo que ocurre excede nuestra capacidad de respuesta y no disponemos de suficiente apoyo, recursos o seguridad para integrarlo. Puede ser consecuencia de un evento puntual (un accidente, una agresión, una pérdida) o de situaciones sostenidas en el tiempo (abandono, negligencia, estrés crónico).
Lo que lo define no es tanto el hecho en sí, sino cómo el cuerpo y la mente pudieron procesarlo (o no). El trauma es la herida interna; los eventos son la causa. No es lo que ocurrió, sino el impacto que esto dejó dentro.
Esta herida puede generar una especie de cicatriz emocional que hace que la persona se vuelva menos flexible, más rígida y menos conectada con sus emociones y con el propio yo, puesto que ser uno mismo se convierte en algo demasiado doloroso.
El trauma no es solo un recuerdo mental. Es, sobre todo, una experiencia que queda inscrita en el cuerpo, igual que hemos abordado en otros posts.
Tipos de trauma: choque y desarrollo
Podemos diferenciar dos grandes tipos de trauma, que pueden convivir en una misma persona:
- Trauma de choque: accidentes, catástrofes, agresiones o pérdidas significativas.
- Trauma de desarrollo o relacional: abandono, negligencia, sentirse ignorado durante la infancia, crecer en un ambiente de alta exigencia, vivir en alerta constante o el estrés crónico.
Cada tipo de trauma requerirá recursos específicos para su resolución. Sin embargo, el hecho de que hablamos de una herida interna implica algo positivo, ya que las heridas pueden curarse.
El impacto del trauma en el cuerpo
Ante una amenaza, el cuerpo se activa automáticamente: el corazón late más rápido, la respiración se acelera, los músculos se tensan. Es el sistema nervioso simpático en acción, el conocido modo de lucha o fuga. Pero también puede paralizarse (las conocidas tres F en inglés: fight, freeze and flee).
Cuando todo funciona adecuadamente, desapareciendo el peligro, el cuerpo recupera la calma gracias al sistema nervioso parasimpático. Aquí tiene un papel fundamental el nervio vago, que ayuda a regular el ritmo cardíaco, la respiración, la digestión y los estados de calma.
El problema aparece cuando la experiencia ha sido demasiado intensa o demasiado prolongada. El sistema nervioso puede quedarse “enganchado” en estado de alerta constante o, al contrario, en un estado de bloqueo y desconexión. Esto puede manifestarse de muchas maneras: ansiedad o hipervigilancia, fatiga crónica, problemas digestivos, tensiones musculares persistentes o dificultades en la gestión emocional.
En otras palabras, el trauma no sólo se acuerda con el pensamiento; también se manifiesta en la respiración, el ritmo cardíaco, la postura y las respuestas emocionales automáticas.
¿Cómo podemos abordar el tratamiento del trauma?
El trabajo terapéutico se orienta, en primer lugar, a crear una sensación de seguridad y estabilización. Se trata de que sentir vuelva a ser seguro para la persona. Progresivamente, se puede elaborar la experiencia traumática y desarrollar recursos de autorregulación.
En este proceso, no basta entender qué pasó. Es necesario que el sistema nervioso aprenda que, ahora, está a salvo.
¿Por qué es tan importante incluir el trabajo corporal?
Porque el trauma no es sólo una historia que contamos: es un patrón que queda grabado en el sistema nervioso.
Podemos entenderlo con una sencilla metáfora: el detector de humo. Todos tenemos un sistema interno que detecta peligro. En el cerebro, esta función la cumple principalmente la amígdala. Cuando existe una amenaza real, se activa para protegernos. El problema es que, después de un trauma, ese detector puede quedar demasiado sensible.
Entonces puede sonar no sólo cuando hay fuego, sino también cuando alguien enciende una vela.
Aunque racionalmente sabemos que estamos a salvo, el cuerpo puede reaccionar con tensión, alerta o bloqueo. Esto ocurre porque otras áreas implicadas en la integración de la experiencia (como el hipocampo, que sitúa los recuerdos en el tiempo, o el córtex prefrontal, que ayuda a regular las emociones) pueden quedar desbordadas cuando la activación es muy intensa.
Por eso, en el trabajo terapéutico podemos intervenir por dos vías complementarias:
Modelo top-down (de arriba abajo)
Implica comprender qué ocurrió, poner palabras y dar sentido a la experiencia. Este proceso activa los circuitos más reflexivos del cerebro y puede ayudar a modular la respuesta emocional. Es como decirle al detector: «Tranquilo, no hay fuego.»
Modelo bottom-up (de abajo arriba)
Parte del cuerpo. A través de la respiración, el movimiento, la conciencia de las sensaciones o el trabajo con la postura, enviamos señales directas de seguridad al sistema nervioso. No es tanto explicarle que no hay fuego, sino ayudarle a sentir que no existe.
Cuando el cuerpo experimenta, de forma repetida y segura, estados de calma y regulación, el sistema nervioso puede ir recalibrándose. Esto es posible gracias a su capacidad de cambio (la neuroplasticidad): el cerebro aprende a responder de forma distinta.
Regular una emoción, desde este punto de vista, no significa controlarla ni suprimirla, sino ampliar la ventana de tolerancia para que el sistema nervioso pueda transitarla sin quedar atrapado.
Sanar el trauma: integración mente-cuerpo
Si solo trabajamos desde la comprensión mental —analizando, reflexionando o reinterpretando lo ocurrido— podemos entender la historia, pero el cuerpo puede continuar tenso, acelerado o bloqueado. El trabajo corporal permite intervenir directamente en el sistema nervioso, donde el trauma ha dejado su huella.
Cuando trabajamos con el cuerpo —a través de la respiración consciente, la atención a las sensaciones, el movimiento suave, la postura o el ritmo— enviamos un mensaje muy concreto: ahora hay seguridad.
Este tipo de trabajo favorece procesos fisiológicos esenciales para la regulación emocional:
- Facilita la activación del sistema nervioso parasimpático.
- Estabiliza el ritmo cardíaco y la respiración.
- Disminuye la tensión acumulada.
- Recupera la sensación de presencia y conexión con uno mismo.
Es aquí donde la regulación emocional es realmente completa. No es sólo «entiendo lo que me pasa», sino «mi cuerpo ya no vive en alerta constante».
Sanar el trauma implica integrar mente y cuerpo. Implica palabras, pero también experiencia corporal. Implica comprender, pero también oír.
El trabajo corporal no sustituye a la palabra; la complementa. Permite ir más allá de la comprensión intelectual y generar una vivencia real de seguridad. Cuando esa experiencia se repite en el tiempo, el sistema nervioso aprende que el peligro ha pasado.
No se trata de apagar el “detector de humo” interno, sino ayudarle a recuperar su precisión, para que pueda distinguir entre una amenaza real y una simple vela.
Cuando el cuerpo puede sentir que está a salvo, la historia deja de vivirse en presente y puede empezar, finalmente, a formar parte del pasado.
Meritxell Heredia, psicóloga de consultas externas de la Clínica Galatea








