El impacto emocional, profesional y personal del mobbing en los profesionales de la salud y el papel de las instituciones ante esta realidad.
Acoso laboral: una manifestación más de abuso de poder
El hostigamiento o acoso laboral es una consecuencia del abuso de poder. Se manifiesta como un progresivo ostracismo de la víctima en el equipo o institución donde trabaja, al tiempo que se le humilla -de manera más o menos sutil- y se degrada, paulatinamente, su consideración profesional. En muchas historias relatadas por las víctimas, el denominador común es que ésta se haya posicionado en contra de un poder omnímodo y arbitrario, no se haya plegado a un determinado modus operandi o haya despertado la envidia, por los motivos que sea. A veces, confluyen las tres circunstancias. Esta situación es más frecuente en entornos sanitarios públicos -como en los hospitales universitariosdonde tanto pesa el prestigio social o donde la garantía de obtener y mantener una plaza por oposición o un cargo de responsabilidad que dé cierta prestancia disuaden al sujeto de buscar otras alternativas laborales.
Por otra parte, esta conducta de acoso -punible legalmente e inadmisible moralmente- se alimenta, volens nolens, de una dinámica de “chivo expiatorio” en el grupo que -consciente o inconscientementelegitima la estrategia de descarte y desgaste e, incluso, la avala, pues la víctima acaba siendo apartada y cuestionada por los iguales. En este tipo de sistemas, son legión quienes se benefician de un status quo en el que la equidad o la meritocracia brillan por su ausencia, lo que repercute en plazas públicas asignadas arbitrariamente o en cargos de responsabilidad asumidos sin la capacidad personal y curricular para ello. Aunque puede haber cómplices directos o indirectos de la agresión, también hay quienes dañan por omisión. Es el caso de quienes “prefieren no hacer”, como Bartleby, el personaje de la novela de Melville; sea porque es incómodo, porque pone en riesgo sus privilegios o por falta de fe en que otra forma de proceder es posible.
El papel de los iguales: cómo suele comportarse el entorno laboral
Pese a que no lo parezca, tan grave como el daño ejercido por el agresor son la conspiración de silencio, la aquiescencia, la delación o la maledicencia, colaboradores necesarios en la perpetuación de regímenes tiránicos. Este “algo habrá hecho” mina, más aún, la moral de la víctima, pues acaba por sentirse la “oveja negra” del rebaño, enredada en un bucle infinito de culpabilidad y autocensura del que no logra salir. Tildarla de “problemática” permite a los espectadores lavarse las manos, como Pilatos. Como bien reflexionó Hannah Arendt al referirse a la “banalidad del mal”, lo habitual en los grupos humanos es no disentir. Tememos ser excluidos. Por eso la valentía se erige como una rara avis en estas circunstancias, más aún cuando implica ir contracorriente o poner en cuestión el “qué hay de lo mío”.
Cuando la víctima ha puesto gran parte de su energía vital en el trabajo…
En términos metafóricos, este tipo de acoso subrepticio y sostenido no deja de ser una suerte de “asesinato psicológico” a cámara lenta. Aunque se fragüe insidiosamente, el detonante final, la “muerte”civil o laboral, suele acontecer tras una última acción fatal -“la puntilla”- que lleva a la víctima a claudicar. No en vano, lo que percibimos en consulta son personas abatidas, con notable compromiso funcional, que piden ayuda cuando el daño está ya muy avanzado y la demolición interna ha sido prácticamente consumada. La sintomatología que prevalece se caracteriza, bien por el cortejo postraumático, bien por el desplome afectivo, o por ambos. Y sus efectos no se limitan a la profesión, sino que se extienden al ámbito personal y familiar.
Cuando la víctima ha puesto gran parte de su energía vital en el trabajo, como es el caso de los profesionales de la salud, la pérdida de confianza en la propia valía acaba permeando todo su ser. La labor de reconstrucción personal es ardua. No es frecuente que la víctima se atreva a denunciar, siendo la excepción más que la regla. Sí lo es que la persona abandone su puesto de trabajo, con la pérdida de talento que comporta a nivel institucional y con el duelo complejo que desencadena.
¿Qué se puede hacer? Nuestro deber moral
El hecho de que nuestro sistema laboral sea garantista y no dé crédito al mero testimonio sin prueba, aumenta aún más la sensación de indefensión de la persona agredida, pues debe ser ella quien incoe la denuncia que dé pie a la apertura de un expediente disciplinario. Para que esa exposición -que la víctima teme- no tenga que ser la única vía de defensa, sería oportuno activar una evaluación independiente de riesgos psicosociales periódicamente en las instituciones, y, de manera excepcional, siempre que haya sospechas fundadas de casos de “mobbing”.
De hecho, el acoso laboral no suele ser un acontecimiento aislado, sino una manifestación más de una gobernanza corrupta e ineficiente que conlleva deterioro en los equipos, afecta al bienestar de los trabajadores y repercute negativamente en su tarea a muchos niveles. Es más, que suceda en empresas sufragadas con dinero “público” añade un agravante a la hora de exigir responsabilidades a quien usa de esa manera el cargo y la confianza que se le han otorgado.
Como bien apuntaba en una entrevista reciente Svetlana Tijanóvskaya, líder de la oposición bielorrusa frente al régimen autoritario de Lukashensko desde el fraude electoral de 2020: “Si los dictadores quedan impunes, la gente deja de creer en las instituciones”. Las personas que se han visto inmersas en procesos de hostigamiento profesional, y que acompañamos clínicamente, necesitan saber que son el síntoma de sistemas dañados moralmente. No es un asunto “personal”. En su proceso de rehabilitación y de recuperación de la fe en sí mismas, es fundamental decir alto y claro que “no todo vale” y, sobre todo, como nos enseñó Kant, y Jesús antes que él, que ningún ser humano puede ser un medio para un fin, el que fuere. Se puede mirar a otro lado o directamente permitir que la manta siga ocultando esa realidad. Pero podemos elegir algo distinto. Eso sí nos pertenece.
Dra. María Dolores Braquehais, psiquiatra y directora Asistencial de la Clínica Galatea. Artículo publicado al Diari de la Sanitat
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