Las drogas permiten atravesar umbrales físicos y psíquicos que, de otro modo, nos serían inaccesibles. El cuerpo, bajo el efecto de sustancias psicoactivas, se convierte en escenario de una intensidad radical: placer, conexión, euforia, disolución. La otra cara de la moneda es que esa intensidad lleva parejo el deterioro. Porque todo cuerpo tiene límites, y forzarlos repetidamente no es en vano. Es importante reflexionar sobre el problema del chemsex más allá de catalogarlo como una mera “adicción”. Se trata de la búsqueda de una experiencia de exceso vital donde el deseo, el placer y la autodestrucción se acaban entrelazando, a veces de manera paradójica.
En este segundo artículo, queremos reflexionar sobre cómo abordar clínicamente el chemsex sin caer en reduccionismos, desde una mirada que contextualice y profundice en la realidad que atendemos. Porque, para que el acompañamiento sea veraz no podemos limitarnos a tratarla como una mera “adicción a sustancias”, sino que es preciso tener en cuenta su relación con la identidad, con el deseo, con el placer, con el daño, con los límites y con la vida.
Una realidad incómoda: el ‘chemsex’ en el entorno sanitario
Hoy en día, hablar de chemsex en el entorno asistencial sigue siendo incómodo, cuando no, claramente, un tabú. Pero lo es aún más cuando quien lo practica no es únicamente un “paciente”, sino un “profesional de la salud”, como son muchos de los casos que atendemos en la Clínica Galatea. El impacto es doble: al sufrimiento personal se le suma la amenaza la identidad y la competencia profesional e incluso el prestigio. Reconocer un consumo problemático puede vivirse como una amenaza directa al sentido mismo de ser sanitario. Y este aspecto de la identidad tiende a ser muy central en quienes se dedican a estas profesiones de cuidado.
El entorno sanitario, idealizado desde fuera, suele ser altamente demandante por dentro. El estrés crónico, la sobrecarga laboral, la empatía, la exposición constante al sufrimiento, los turnos rotativos, los horarios que dificultan la conciliación con la vida personal… todo contribuye a una sobrecarga, silente muy a menudo, de la que es preciso tomar conciencia.
A esta presión externa se suele sumar un rasgo que está muy presente entre quienes ejercen ese tipo de profesiones: la autoexigencia extrema. Esto obedece a muchos motivos: la complejidad y exigencia propia de la tarea (está la vida en juego), los criterios de selección en el pregrado y la vocación de ayuda sin asumir los propios límites. Muchos profesionales sanitarios viven bajo la presión de ser siempre eficientes, resolutivos y competentes; de no errar ni mostrar fragilidad. En el inconsciente colectivo forjado en esos entornos laborales, mostrarse vulnerable parece reñir con la competencia profesional.
De ahí que la cultura del “puedo con todo” a nivel laboral y de negar las fallas o grietas inherentes a la vida propia conviva con una desconexión creciente del mundo emocional. El cuerpo queda al servicio del rendimiento intelectual y laboral, no del placer. El vínculo con uno mismo se instrumentaliza. Y, en esas circunstancias, pueden irrumpir estrategias de evasión, como las que ofrecen las drogas. Entre ellas, las relacionadas con el chemsex.
Los límites del cuerpo y del placer
En muchos casos, el chemsex no comienza como una caída, sino como una expansión. Una forma de estirar el cuerpo, el placer, los vínculos. Una experiencia donde la potencia parece ilimitada. Una evasión que lleva pareja una intensidad en el placer difícilmente accesible por otros medios.
Hace unos meses, un profesional sanitario llegó a consulta tras un par de semanas de abstinencia. Su cuerpo había comenzado a recuperarse, pero su deseo no. “No es que quiera volver al chemsex”, decía, “es que sin él todo me parece tibio. Ni mi cuerpo responde igual, ni el sexo me interesa de la misma manera. Nada me enciende. Sé todo lo que puede pasar. Conozco los riesgos, he leído los estudios. Pero llega un momento en el que necesito salir de mi cabeza. Dejar de pensar. Sentir algo distinto y desfogarme.”
No quería volver al consumo, pero le costaba sostener la vida sin él. Las sustancias permiten romper límites fisiológicos, prolongar el deseo y alcanzar vivencias sexuales que difícilmente se podrían sostener sin ellas.
Pero cada exceso deja consecuencias. Tras esos momentos, la vida cotidiana puede sentirse “descafeinada”, carente de brillo. Varias personas describen la misma experiencia: “Después de tocar el cielo, todo lo demás parece gris”. Para entenderlo, puede servirnos una metáfora: a los niños pequeños no se les recomienda abusar del kétchup porque enmascara los sabores; se acostumbran a esa intensidad y luego rechazan la riqueza de los matices sencillos. Con las drogas ocurre algo parecido: cuando el paladar se acostumbra a lo intenso, cuesta reconocer los placeres cotidianos. Lo que antes bastaba, una caricia, un orgasmo, un encuentro, ahora parece insípido.
El problema no es solo la dependencia a las sustancias, sino también la memoria alterada del placer. La pérdida de conexión con la vivencia previa al inicio del consumo. Parte del trabajo terapéutico consiste precisamente en “acostumbrar el paladar” de nuevo, reaprender a disfrutar de los sabores más delicados, limitados y sencillos de la vida.
El ‘chemsex’ visto desde el punto de vista cultural
Otro de los errores frecuentes es reducir el chemsex a un problema de un individuo concreto. Sin duda hay responsabilidad personal, pero la práctica se sostiene y amplifica merced a dinámicas culturales y comunitarias. Como sucede en cualquier fenómeno humano, como diría Ortega y Gasset: “yo soy yo y mi circunstancia. Y si no la salvo –o considero– a ella, no me salvo –comprendo– a mí”. Porque no existen conductas “a-culturales” sino que es preciso tener en cuenta el mundo simbólico compartido de expectativas que las sancionan positiva o negativamente y acaban modelando muchos comportamientos.
Entre los hombres que tienen sexo con hombres (HSH), predomina una cultura donde el éxito se mide en número de encuentros sexuales, la disponibilidad constante y la juventud. Una cultura del sexo que premia la hiperconexión y, a veces, penaliza el afecto, lento e imperfecto por naturaleza. Para muchos, el chemsex aparece como una forma de recuperar una juventud negada, de vivir con intensidad lo que antes fue reprimido, de aspirar a todo y no renunciar a nada, sin compromiso, sin ataduras.
A esto se suma la falta de recursos de atención especializados en este tipo de conductas, la medicalización del malestar y el estigma que rodea tanto a las drogas como a la sexualidad no normativa. Y, en el caso de los sanitarios, se añade la ausencia de espacios confidenciales donde poder hablar sin miedo de estas experiencias.
En este sentido, el chemsex no es solo un problema individual, sino también un síntoma estructural y comunitario. Requiere respuestas que vayan más allá de la consulta: políticas públicas, programas de prevención y entornos institucionales capaces de acoger la vulnerabilidad.
El mito del autocuidado
En el caso de los profesionales sanitarios, esta dimensión comunitaria se ve con más claridad, pues el estigma del chemsex se intensifica: “Tú deberías saber cuidarte. Tú deberías conocer los riesgos. Tienes formación”. Como advierte Byung-Chul Han, en la sociedad del rendimiento el autocuidado se acaba convirtiendo en un mandato más, otra exigencia que genera culpa y autoexplotación. El autocuidado, entendido en este sentido normativo, como deber, puede convertirse en otra forma de violencia silenciosa. Para los sanitarios, este ideal resulta especialmente cruel: se espera que cuiden a otros y, a la vez, cuiden de sí mismos. Sin embargo, el ser médico y dominar una materia a nivel teórico no inmuniza contra el deseo, la soledad o la búsqueda de placer, y la distancia entre lo-que-se-sabe y lo-que-se-hace suele vivirse como un fracaso personal.
Además, aceptar o visibilizar un consumo problemático puede comprometer la imagen ideal propia de ser competente y sano, resquebrajando la imagen proyectada a nivel social más amplio y también en los círculos más cercanos.
Vivimos en la sociedad del rendimiento donde todo, incluso el descanso, el ocio y la salud mental, deben tener una función, un objetivo. Y cuando el cansancio se hace insoportable, la transgresión aparece a modo de autoafirmación. Repensar el autocuidado implica liberarlo de esa lógica. No como optimización de uno mismo, sino como posibilidad de habitar el cuerpo de otra manera, reconectar con el deseo y con los vínculos sin presión por rendir. Cuidarse no es un mandato, es una forma de volver a sentirse vivo sin tener que destruirse para lograrlo.
Integrar la ambivalencia
Uno de los núcleos clínicos más importantes en el chemsex es la ambivalencia. Muchos usuarios expresan frases como: “Lo quiero, y a la vez no lo quiero”, “Lo necesito, pero quiero parar” o “Me gusta, pero me destruye”. Este estado interno, aparentemente contradictorio, es profundamente humano. La Terapia Dialéctica Conductual (DBT) de Marsha M. Linehan ofrece un marco muy útil para abordar este tipo de contradicciones: aceptar que verdades opuestas (como placer y dolor, libertad y pérdida) pueden coexistir permite construir intervenciones más realistas y compasivas. Nos recuerda que desear no implica necesariamente actuar de manera dicotómica. Este trabajo no busca eliminar el deseo, sino reconducirlo. La intervención se centra en ayudar a la persona a ampliar su rango de respuestas posibles, sin que la única vía de acceso al placer sea la droga.
Lo que atrae del chemsex no es solo el placer, sino el desborde, la desmesura, el desafío a los límites: la intensidad, la suspensión del tiempo, la desinhibición. Para personas habituadas al control y a la racionalización, puede ser una forma de romper con la lógica de lo funcional y normalizado. Una forma de “volver al cuerpo”, de “enloquecer” voluntariamente, de “olvidar” las restricciones del día a día (obligaciones, preocupaciones, exigencias). Pero lo que comienza como liberación puede volverse prisión. Lo que alivia, desgasta. Lo que excita, agota. El placer, cuando se vuelve compulsivo, deja de ser conexión con el cuerpo, de ser una conducta libre y acaba comportándose de manera tiránica.
En esa tensión de opuestos también pueden aparecer nuevas verdades que requieren ser escuchadas en el espacio terapéutico. No se trata solo de un “quiero consumir / no quiero consumir”, sino también de lo que emerge detrás: “me siento solo”, “necesito escapar”, “quiero volver a sentirme vivo”. Reconocer estos matices permite ampliar el foco más allá de la sustancia, hacia los deseos, los miedos y las necesidades que conviven en la persona.
Nietzsche hablaba del amor fati como la capacidad de abrazar el propio destino, tanto lo agradable como lo desagradable, no como resignación, sino como afirmación lúcida y vital. Amar incluso lo que duele, no para repetirlo, sino para integrarlo. Solo así puede surgir una transformación real, una voluntad de vivir que no reniegue de lo vivido, pero que lo incorpore en el vivir. En lugar de negar, avergonzarse, borrar o patologizar la experiencia, el desafío clínico pasa por integrarla. Aceptar que las dualidades forman parte del mismo relato vital. Asumir la propia historia con honestidad radical.
La Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) de Steven C. Hayes complementa este planteamiento desde una perspectiva muy interesante. En lugar de luchar contra los pensamientos o emociones ligados al consumo, la ACT propone orientar la vida hacia los valores personales más profundos: relaciones, cuidado, creatividad, comunidad. Estas experiencias, al ser vividas de manera plena, pueden convertirse en una fuente de refuerzo natural más poderosa que las sustancias: por ser más real y por estar más vinculada a lo que somos en realidad. Los valores pueden entenderse, de manera sencilla, como experiencias valiosas, coherentes con quienes deseamos ser, más allá del alivio momentáneo que ofrece el consumo. Este enfoque no gira en torno a la “abstinencia” como dogma, sino a la “recuperación del sentido vital”. Y éste se relaciona íntimamente con la asunción de los límites: los propios, los de los demás y los de la vida.
Aquí es relevante el concepto de efecto de incubación descrito por Glifford (2011). Tras intervenciones basadas en ACT, a menudo no se ven mejoras inmediatas tan rápidas como con terapias cognitivas clásicas. Sin embargo, al cabo del tiempo, los cambios se consolidan y se mantienen de manera más estable. En otras palabras: la flexibilidad psicológica tarda en desplegarse, pero cuando lo hace, ofrece una base mucho más sólida para sostener el cambio. En realidad, el cuidado de sí entendido como cultivo no tiene efectos inmediatos. Está sujeto a nuestra vulnerabilidad. Pero es un trabajo interno fructífero.
Conexión, límites y cuidado
Lo contrario de la adicción no es la abstinencia: es la conexión, aunque pase por la abstinencia, que no es otra cosa sino la asunción del límite. Conexión con el cuerpo, con los otros, con aquello nos da sentido. El chemsex problemático no solo desestructura la vida de quien lo practica, sino que también revela grietas más profundes, vacíos de sentido, de pertenencia, que ningún fármaco puede suturar. Por eso, intervenir clínicamente no puede reducirse a eliminar un síntoma. Se trata de volver a tender lazos con la vida, de “reaprender” a desear, de redescubrir el placer de manera más consciente y realista.
En el caso de los profesionales de la salud, lo que está en juego no es solo su vida personal, sino también la seguridad y el cuidado de quienes dependen de ellos. De conectar con la realidad de que no estamos solos y que nuestra conducta impacta en otros. Al mismo tiempo, para cuidar al cuidador es preciso abrir un espacio donde pueda reconocerse frágil sin ser estigmatizado, donde pedir ayuda sea un acto de responsabilidad y no un fracaso profesional. Las instituciones sanitarias tienen aquí un papel esencial: facilitar la petición de ayuda, ofrecer recursos que preserven la confidencialidad y garantizar apoyos libres de juicio. Porque nadie se cuida solo. Cuidar al cuidador, en última instancia, es devolverle la posibilidad de vivir, de cuidar y de ser cuidado desde un lugar más humano y conectado. Y es también devolverle el acceso a un placer no destructivo, un placer que no sea huida, sino fuente de vitalidad y vínculo.
En último término, el chemsex, como otros fenómenos humanos, nos remite a la sentencia: “no podemos todo, no podemos solos”. Si lo tenemos presente en el acompañamiento terapéutico, puede que la salida de la adicción sea vivida no como una coerción a la libertad, sino como una oportunidad para vivir mejor.
Toni Gata, psicólogo.








