Una mirada clínica y cultural al uso de sustancias en contextos sexuales
Hace unas semanas, un joven acudió a consulta tras una sesión de chemsex de más de 18 horas. No era la primera vez. Lo que comenzó como una exploración del placer se había transformado en un ciclo difícil de sostener. Estaba cansado, angustiado, y con la sensación de haber perdido el control. Y, sin embargo, también hablaba de esa experiencia como un espacio de libertad, conexión y deseo.
El fenómeno del chemsex (uso intencionado de sustancias psicoactivas en contextos sexuales) ha ganado visibilidad clínica y social en los últimos años, especialmente en Cataluña. Aunque suele asociarse principalmente a hombres que tienen sexo con hombres (HSH) dentro del colectivo LGTBIQ+, reducirlo a una práctica de riesgo o a una mera consecuencia del sufrimiento sería una simplificación.
Las sustancias más comunes (mefedrona, GHB/GBL, metanfetamina, cocaína, ketamina) se utilizan con fines diversos: intensificar el placer, desinhibirse, prolongar el encuentro sexual o profundizar el vínculo con otros. Lejos de ser solo una forma de evasión, en muchos casos representa una búsqueda activa de trascendencia, de liberación y de afirmación del deseo.
Una experiencia dionisíaca
Para entender mejor este fenómeno, resulta útil recuperar la distinción nietzscheana entre lo apolíneo (orden, forma, control) y lo dionisíaco (desborde, intensidad, pérdida del yo). El chemsex, en muchos sentidos, pertenece a este segundo registro: cuerpos que se expanden, límites que se disuelven, deseo que roza lo sublime o lo destructivo.
Este enfoque simbólico permite matizar las narrativas dominantes que lo presentan únicamente como patología o como reflejo de una vulnerabilidad estructural. Si bien en muchos casos hay trauma, exclusión o dolor en el trasfondo, también existen elecciones conscientes, deseos legítimos de explorar y una cierta normalización del consumo en entornos específicos del colectivo.
En algunos círculos, el uso de sustancias funciona incluso como un código de pertenencia. Para muchas personas, estas prácticas no responden tanto al sufrimiento como al deseo de conexión, a una experiencia de comunidad o a una forma de explorar el cuerpo y la sexualidad desde otros lugares.
En otros casos, el chemsex también expresa una necesidad de “recuperar una parte de la vida que no se vivió libremente”. Para muchos hombres gais o bisexuales, la adolescencia y juventud estuvo marcada por la ocultación de su deseo, el miedo o la represión. El uso de sustancias en encuentros sexuales puede funcionar entonces como una forma de compensar esa pérdida: una reescritura simbólica de lo que no pudo ser. Vivir hoy, y con intensidad, aquello que antes fue negado. También puede haber un intento de resistir al envejecimiento, de sentirse deseado, vital, joven. Esta búsqueda no es superficial: tiene un peso emocional y reparador que debe ser escuchado y comprendido en el acompañamiento clínico.
¿Cuándo se convierte en un problema clínico?
El riesgo aparece cuando esta práctica, que puede comenzar como voluntaria o placentera, entra en un circuito de retroalimentación difícil de romper: sustancias con alto potencial adictivo combinadas con el acto sexual, que ya de por sí es un potente reforzador biológico y emocional.
Con el tiempo, esta asociación puede generar una dependencia compleja, donde el deseo sexual queda estrechamente vinculado al consumo. Las consecuencias aparecen en múltiples planos: físico (alteraciones del sueño, ITS, sobredosis, neuropatía), psicológico (ansiedad, depresión, ideación suicida, deterioro del vínculo con el cuerpo, trastorno psicótico) y relacional (aislamiento, dificultad para establecer vínculos afectivos o sexuales sin mediación de sustancias).
A menudo, el deterioro es progresivo. Muchas personas buscan ayuda solo cuando el consumo ya se ha cronificado o ha empezado a interferir de forma grave en su vida cotidiana. Por eso, es clave fomentar una cultura de prevención, información y acompañamiento temprano, libre de estigmas.
Una apuesta por la intervención integral: escuchar sin juzgar, acompañar sin imponer
El trabajo terapéutico con personas que practican chemsex exige una posición ética y clínica clara: acoger sin moralizar, intervenir sin estigmatizar y sostener el malestar sin reducirlo únicamente a una categoría diagnóstica. La alianza terapéutica debe construirse desde la confianza, el respeto a la autonomía y una comprensión profunda del contexto sociocultural, relacional y subjetivo en el que emergen estas prácticas.
En muchos casos, el chemsex se acompaña de problemáticas que requieren abordajes específicos: adicciones complejas, trastorno psicótico, síntomas depresivos o trastornos de ansiedad, entre otros. Reconocer estas realidades clínicas no implica descuidar el plano del sentido, la agencia y el deseo. Por el contrario, un enfoque integral debe poder sostener ambas dimensiones: la del síntoma y la del significado.
En el caso específico de los profesionales de la salud o de profesiones con alta responsabilidad social, es crucial considerar hasta qué punto el consumo puede poner en riesgo la seguridad de su praxis. En estos casos, es fundamental que la persona tome conciencia del posible impacto negativo para terceros, como línea ética y deontológica que no debe traspasarse.
Pedir ayuda no siempre es fácil para los profesionales sanitarios que presentan trastornos mentales, y aún menos cuando se trata de adicciones. Esto se debe, entre otras razones, a que el estigma asociado a estos problemas es incluso mayor en este colectivo.
En el caso del chemsex, su dimensión lúdica, exploratoria o incluso liberadora puede entrar en conflicto con el reconocimiento del daño cuando este empieza a afectar diversas áreas de la vida, incluida la laboral. Las fantasías de control pueden ser más intensas que en otras formas de adicción, y la posibilidad de recibir ayuda puede vivirse como una amenaza a la autonomía o a la competencia profesional.
Desde Clínica Galatea, apostamos por un modelo de intervención basado en la diversidad, la escucha activa y el trabajo interdisciplinar, porque la salud mental no puede desligarse del contexto cultural, identitario y simbólico en el que se construye. Como profesionales, nuestro papel no es solo tratar los síntomas, sino estar disponibles para explorar, junto a quienes atendemos, las raíces, el sentido y las posibilidades de transformación de estas experiencias. Sin esa comprensión previa es muy difícil lograr el camino de la deshabituación, cuando se ha establecido una adicción de la que el sujeto no puede salir y que no sólo compromete su bienestar personal sino la seguridad de su praxis profesional. Tomar conciencia también de este impacto potencial negativo en uno mismo y en otros es parte esencial del proceso terapéutico.
Toni Gata Psicólogo








