Entrevistamos a Marta Torrens Mélich
Marta Torrens es médica especialista en Psiquiatría, directora emérita de Adicciones del Hospital del Mar en Barcelona y catedrática de Psiquiatría de la Universidad Pompeu Fabra y de la Universidad de Vic – Cataluña Central. También es coordinadora del Grupo de Investigación en Adicciones del Hospital del Mar Research Institute de Barcelona y coordinadora a nivel nacional de la Red de Investigación en Atención Primaria en Adicciones (RIAPAD) del Instituto de Salud Carlos III (ISCIII).
Asimismo, la doctora Torrens es miembro electo del Comité Científico de la Agencia Europea de las Drogas (EUDA) y de la Red Científica Informal de la Organización de Naciones Unidas Drogas y Crimen (UNODC) y la OMS. En investigación, sus principales áreas de interés son la evaluación y tratamiento de las adicciones a sustancias, el diagnóstico y tratamiento de la patología dual y la perspectiva de género en las enfermedades adictivas.
Usted es una de las primeras psiquiatras que se dedicó profesionalmente a la atención a las personas con adicciones en nuestro país. ¿Qué le llevó a ello?
Fue un conjunto de circunstancias. Durante mi etapa MIR (1981-1984), coincidieron dos circunstancias históricas relevantes: la atención psiquiátrica estaba empezando a salir de los hospitales psiquiátricos monográficos para ubicarse en la comunidad y, a la vez, acababa de iniciarse la llamada “epidemia de heroína”. En mi caso concreto, coincidió con pasar del Institut Psiquiàtric de la Santa Creu, hospital monográfico psiquiátrico ubicado en Barcelona donde yo estaba haciendo mi formación MIR en Psiquiatria, a la primera Unidad de Psiquiatría que se creó en el Hospital de la Santa Creu i Sant Pau. Justo cuando finalicé el MIR, coincidió con el inicio de la creación de la Unidad de Toxicomanías en el mismo hospital. Era una buena oportunidad de trabajar en el hospital general en el que no sólo había realizado el MIR si no también la carrera de Medicina. Un reto profesional de una joven psiquiatra que aún no había decidido cuál sería su futuro profesional. Y en la Unidad de Toxicomanías del Hospital de Sant Pau (Sala Montserrat Montero), empezó mi dedicación a las adicciones, hasta 1988.
En el año 1988 empieza mi gran viaje profesional: son 3,3 km de distancia, la que hay entre el Hospital de Sant Pau y el Hospital del Mar, antes de las Olimpiadas. En aquel momento en el Hospital del Mar estaba la primera Unidad de Desintoxicación de Toxicomanías hospitalaria, creada en 1981, y atendía el área de Barcelona con mayor conflicto relacionado con el consumo y tráfico de heroína.
Visto con la perspectiva de los años, fue, ha sido, mi primer reto profesional, lo que ahora llamarían “salir de la zona de confort” y que me llevó a lo que podríamos decir en lenguaje más lego “engancharme a trabajar con adicciones.”
¿Cuál era la situación epidemiológica y asistencial en el momento en que empezó a dedicarse de lleno a las adicciones?
Cuando empecé estábamos en plena “epidemia de heroína”. En aquel momento, se tenía una visión del consumo de heroína como un vicio y un problema social, muy vinculado a la delincuencia y agravado el estigma, aún más si cabe, por la aparición posterior de la infección por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) Según las estimaciones, España alcanzó su mayor incidencia de infección por VIH relacionada con la inyección de heroína en 1984: 79 casos por cada 100 000 habitantes.
A principios de la década de 1980, todavía no se había desarrollado la red para el tratamiento de la dependencia de las drogas ilegales. La psiquiatría general (que, recordemos, estaba haciendo su propio paso a la atención comunitaria) no aceptó hacerse cargo de estos pacientes, e incluso las unidades focalizadas en el tratamiento del alcohol, tampoco aceptaron hacerse cargo del abordaje terapéutico de estos pacientes adictos a otras sustancias. Por ello se crearon las primeras unidades de desintoxicación en los hospitales generales, la mayoría en los servicios de medicina interna/enfermedades infecciosas. Y posteriormente los centros ambulatorios de atención a las adicciones y las comunidades terapéuticas, dependiendo de diversos organismos públicos como los ayuntamientos y diputaciones, así como organizaciones no gubernamentales o centros privados.
Entonces se contemplaba la adicción como un estado agudo y la terapia consistía principalmente en enviar a los pacientes tras la desintoxicación (hospitalaria o ambulatoria) a “programas libres de drogas” o a comunidades terapéuticas, que promovían la abstinencia y estaban gestionadas por personas que, en general, no eran profesionales sanitarios.
En resumen: los conceptos morales y los prejuicios que obstaculizaron la legislación eran más influyentes en el tratamiento de la dependencia de opioides que la evidencia científica. Posteriormente, los reales decretos de 1990 y 1996 facilitaron el tratamiento con metadona en estos pacientes y la situación cambió.
Suele ser extraordinario ser capaz de aunar la atención clínica, la docencia y la investigación, como ha sido su caso. ¿Cómo es posible compaginar todos esos ámbitos?
Creo que la respuesta es: la curiosidad y el interés por mejorar la situación de los pacientes en concreto y de la sociedad en general. De hecho, la misma curiosidad que me llevó a realizar los estudios de medicina para posteriormente hacer psiquiatría.
Las adicciones plantean muchas preguntas: ¿cómo era antes esta persona? ¿cómo y por qué empezó? ¿por qué unos lo prueban y no siguen consumiendo y otros acaban siendo adictos? ¿aunque dice que quiere dejarlo, por qué no lo hace? ¿por qué lo sigue haciendo, a pesar de los graves problemas en los que se mete? ¿qué pasa en su cerebro? ¿es que se está automedicando algo que tenía antes? ¿qué podemos hacer para ayudarle? ¿qué tratamientos podemos aplicar que le sirvan? ¿cómo se investiga en adicciones para poder mejorar su atención?
Y estas preguntas llevan a estudiar, investigar y enseñar lo que se ha aprendido para mejorar.
¿Podría resumir cómo han evolucionado los patrones de consumo desde que usted empezó a trabajar?
A principios de los años 2000 se produce el cambio de la heroína por la cocaína. Este es un punto importante porque, así como la heroína implicaba sobre todo las muertes por sobredosis y las infecciones relacionadas con el consumo endovenoso, la cocaína implicaba una mayor aparición de sintomatología depresiva y psicótica y, además, no había, ni hay todavía, un tratamiento eficaz. A la vez aparece el uso recreativo de otras sustancias (éxtasis-MDMA, etc.): era la época de la “ruta del bakalao”.
La cocaína presenta sin duda una conexión muy clara con la psicopatología. Y es cuando se establece claramente la necesidad del abordaje de la llamada Patología dual (trastorno por uso de sustancias y otro trastorno mental). A la vez, debuta el fenómeno de las nuevas sustancias psicoactivas (NPS), sustancias de síntesis de laboratorios clandestinos, que imitan a las de origen vegetal, pero con otros efectos y riesgos desconocidos (cannabinoides sintéticos, catinonas sintéticas, etc.) y que se pueden adquirir también por la dark web (los psiconautas). El cannabis sigue creciendo y se va “normalizando su uso”. Y aparece la infección por la hepatitis C y más recientemente el fenómeno del chemsex.
Actualmente estamos con los supervivientes de la epidemia de heroína, los estimulantes, sobre todo cocaína, pero ya está creciendo el consumo de metanfetamina, con unas consecuencias psicopatológicas muy graves (psicosis, depresión). El cannabis sigue creciendo con más efectos perjudiciales debido al aumento de concentración de THC. Los NPS siguen apareciendo, el consumo recreativo sigue. Y no nos olvidemos del alcohol, que sigue siendo la droga principal motivo de demanda de tratamiento y para la que, afortunadamente, disponemos tratamientos eficaces. Por lo que respecta al tabaco, tras la regulación de su consumo y la aparición de buenos tratamientos, ha disminuido, pero aún queda mucho margen de mejora.
¿Considera que el grado de estigma social (externalizado o internalizado) con respecto a las adicciones a sustancias ha cambiado? ¿Cree que ha tenido un papel en ello la incorporación normalizada de los dispositivos asistenciales para adicciones en la red de atención sanitaria pública?
Ha mejorado un poco, pero debe seguir mejorando mucho más y no sólo entre la sociedad en general y los propios profesionales sanitarios, sino también el autoestigma que sienten los propios pacientes y que muchas ves les lleva a solicitar tarde, demasiado tarde, ayuda. Y las personas con adicción más estigmatizadas son, sin duda, las mujeres. Una mujer con una adicción a sustancias es la cenicienta de toda la salud. El papel social adjudicado a la mujer como cuidadora, madre, hija… estigmatiza aún más su enfermedad adictiva. Y aquí también todavía tenemos mucho que hacer.
Se han descrito en los últimos años patrones adictivos más allá del consumo de sustancias, las denominadas adicciones comportamentales. ¿Qué puede decirnos sobre ellas?
Pues que los mecanismos neurobiológicos de la adicción comportamental son los mismos que los mecanismos que sabemos para las adicciones a sustancias. Y que los riesgos también son muy importantes. Da para otra entrevista con un experto.
Aunque es una pregunta de índole más personal, ¿cómo ha influido el hecho de ser mujer en su carrera profesional? ¿Y en la conciliación con la vida extra-laboral?
Buena pregunta. En la época que yo estudié medicina todavía había muchos más estudiantes hombres que mujeres. Y cuando llegué a la psiquiatría, también. En aquel momento (mediados de los 80) recuerdo que una mujer investigadora famosa comentó la existencia del llamado “techo de cristal”. Cuando la oí, me sorprendió, y pensé que esto era “antes”. Pues bien, a lo largo de mi vida profesional puedo decir que ha mejorado muy muy poco. Y ahí lo dejo.
En cuanto a la conciliación extralaboral, familiar en concreto, ser madre y trabajar hace 40 años era más complicado que ahora. Teníamos menos ayudas “oficiales” (bajas laborales, flexibilidad horaria, etc.). En esto se ha mejorado mucho. Tuve y tengo la suerte de tener una familia en la que siempre nos hemos ayudado mucho.
Por último, ¿cuáles considera que son los retos pendientes más relevantes tanto a nivel asistencial como investigador en el campo de las adicciones?
A nivel asistencial: centrar la atención el paciente, no en el recurso al cual accede. Esto es especialmente relevante porque, como ya he comentado en la actualidad alrededor del 60 % de las personas que tienen una adicción presentan también otra enfermedad mental, ya sea depresión (la más frecuente), psicosis (especialmente grave), ansiedad, estrés post-traumático, etc. Tenemos tres redes de atención: la red de atención general, la red de atención en salud mental y la red de atención a las adicciones por sustancias. Esto ha llevado y, desafortunadamente, aún lleva al “síndrome de la puerta equivocada”. Esto es, por ejemplo, cuando el paciente se presenta en un recurso de salud mental con un cuadro mental como depresión y, además, en la entrevista sale que tiene un consumo de sustancias; es fácil y habitual que el paciente sea remitido al centro de adicciones. Es verdad que esto ha mejorado en los últimos años, pero todavía queda mucho por mejorar.
Facilitar la accesibilidad a las mujeres con problemas de adicción. Hay que adaptar los centros a las mujeres. Sus necesidades (condiciones) son distintas, por ejemplo: “¿dónde dejo a mi hijo para poder ir a visitarme?”, “si digo que tengo un hijo, ¿me lo quitarán?”, “¿podré adaptar el horario del centro que me ofrecen a mis tareas?”, etc.
A nivel de investigación: Profundizar en la perspectiva de género en todas las investigaciones: básicas, clínicas, terapéuticas. Esto se está viendo cada vez más como imprescindible en la medicina en general y aún más en las adicciones.
Desarrollar y aplicar programas de prevención que hayan demostrado ser eficaces y que se van evaluando de acuerdo con los distintos cambios. Seguir investigando en tratamientos farmacológicos y psicoterapéuticos eficaces y efectivos, considerando cada vez más la opinión del paciente y la mejoría de su calidad de vida.








