Se denomina procrastinación a la acción de diferir o postergar la ejecución de una acción. A menudo, no se limita a una conducta puntual, sino que hace referencia a la tendencia de algunas personas a demorar o aplazar el cumplimiento de tareas. Por otra parte, se denomina burnout a un síndrome de agotamiento físico, mental y emocional, además de desmotivación, causado por el estrés crónico, sobre todo, pero no solo, en el ámbito laboral. Se presenta en profesiones o cometidos que tienen un alto componente vocacional o de entrega. En el colectivo sanitario la prevalencia del burnout ha ido in crescendo, entre otros motivos, por el incremento de la sobrecarga asistencial, la progresiva fragmentación de las tareas de cuidado y la ausencia de acciones decididas para cuidar a los profesionales y sus equipos.
Puede que, al referirnos a aplazar tareas, no se trate tanto de “no dar abasto” –como puede ser el caso en el contexto clínico actual– cuanto de un círculo vicioso que perpetua el malestar y acentúa la desmoralización de los profesionales. Efectivamente, la procrastinación, desde un punto de vista moralista, puede tildarse de vagancia o indolencia. E, incluso, hay quienes defienden que puede ser una forma de resistencia frente al imperativo de productividad creciente e inagotable. Pero no es el propósito de este artículo entrar en esas consideraciones, sino identificar cuándo es fuente de sufrimiento y encierra al sujeto en una espiral negativa de la que no puede salir.
Habitualmente, esta tendencia a no afrontar surge de la falta de discernimiento sobre qué es urgente, prioritario o normal. En este tipo de afrontamiento, se hace un análisis y se toman decisiones al respecto, trazando, siquiera imaginariamente, una hoja de ruta –de distintas acciones y tiempos asignados– según la importancia que consideramos que tienen las tareas que tenemos encomendadas. El criterio para decidir la premura en afrontar algo tiene en cuenta tanto factores relacionados con la elección personal como las necesidades del lugar de trabajo. Cuando se demora una tarea después de este ejercicio crítico no se considera que estemos procastinando, sino cuando, de manera habitual, “dejamos para mañana lo que podemos hacer hoy”.
Por otra parte, hay que asumir que las acciones humanas no son perfectas aunque tengamos el propósito de realizarlas lo mejor posible. De hecho, la perfección es más un atributo mental que una realidad constatable. Fijarse metas inasumibles suele llevar pareja la decepción y también la inacción. Es más sencillo “ir haciendo”, sin prisas y sin pausas, y habiendo discernido cómo con anterioridad, en función de la importancia de lo que nos proponemos.
Tipos de procrastinación
Se habla de dos tipos de procrastinación:
- Procrastinación “relajada”: es la conducta a la que conduce la distorsión cognitiva que privilegia lo obtenido a corto plazo, generalmente con inmediatez, ignorando las acciones que se necesitan para conseguir objetivos a medio-largo plazo. En realidad, aunque “me siente bien” no hacerlo ahora, tarde o temprano habrá que afrontar lo que demoro. Además, muchas acciones fructifican después de un esfuerzo sostenido. E, incluso, en ocasiones, no hay recompensa inmediata, lo que nos obliga a pergeñar nuevas maneras de lograr lo que pretendemos.
- Procrastinación “ansioso-temerosa”: se suelen posponer las actividades de más importancia –mentalmente sobrevalorada– por una elevada autoexigencia y/o perfeccionismo. Frecuentemente el miedo al fracaso se alivia con tareas de distractores más simples. No obstante, la o las tareas pendientes siguen presentes, de manera más o menos consciente.
La procrastinación ansiosa suele estar relacionada con el hecho de no calibrar adecuadamente el nivel de autoexigencia y las propias capacidades a la hora de afrontar una tarea, pero también obedece a la falta de un método para poder gestionar las tareas de acuerdo con su importancia y según el tiempo del que se dispone. Poder regular adecuadamente todas estas dimensiones no es tarea fácil, menos aún cuando no hay aprendizaje explícito de las mismas y ante las presiones socioculturales sobre el rendimiento acelerado, sin fallas. Y resulta que, a mayor procrastinación, mayor malestar. Sucede con ello algo parecido al binomio ansiedad-evitación. A mayor ansiedad, mayor evitación y vuelta a empezar.
La procrastinación es una estrategia aprendida, a menudo de manera inconsciente, que perpetúa la auto-devaluación y estrés creciente, pues la causa de la zozobra nunca termina de resolverse y la persona sigue preocupada por lo que aún le queda pendiente. La sensación de estar desbordado se va incrementando a medida que se acumulan tareas por hacer, sin haber una discriminación sobre qué debe ser afrontado de manera inmediata y qué puede ir haciéndose poco a poco y en la medida de nuestras posibilidades. A veces es una estrategia en la que se acaba desembocando cuando hay desmotivación en el trabajo, incrementando así la sensación de baja competencia y de agotamiento físico y emocional.
En el próximo post sugeriremos estrategias útiles y sencillas para detectar la procrastinación y para ir pudiendo cambiar ese estilo de afrontamiento, especialmente en la variante ansiosa-evitativa.








